La Europa paralizada y el negocio libio

Europa tiene un problema de parálisis institucional que sobrepasa ya lo indecente. Hoy por hoy llega a ser vergonzoso. 

Primero fueron las rebeliones en Túnez y Egipto, ante las cuales la Unión Europea no supo responder con rapidez, y cuando lo hizo fue de forma tibia, casi fría. Después Yemen, Irán y Bahrein, y más de lo mismo. Desde hace poco, Libia, donde el sangrado es cada día mayor, y nadie en Europa parece capacitado para ir más allá de la, ya clásica, declaración de condena, que suena más a autodisculpa que a exigencia. 

En el caso de Libia, el cínico silencio y parálisis de la UE son una mancha más en el, ya de por sí sucio, expediente europeo, sobre todo en lo que concierne a las relaciones con nuestros vecinos del sur. 

En un primer momento, la comunidad internacional, tras el atentado sobre Lockerbie, aisló al régimen Libio (sólo a madias, puesto que empresas francesas, una italiana y otra belga mantuvieron su actividad petrolera en Libia) para, décadas después realizarle un lavado de cara a un Estado con el que poder mantener jugosos contratos comerciales. Tal es el caso de Italia, cuyas relaciones con el régimen libio han ido estrechándose paulatinamente desde la reentrada de éste en la comunidad internacional (de amigos de los buenos negocios, claro). Tras la vuelta a los negocios, todo el mundo pareció olvidar los motivos por los que Libia fue aislada, lo que hace pensar en que éstos no eran más que una conveniente fachada temporal, destinada a caer para dejar paso a una nueva relación más próspera. Y mientras tanto, el régimen de libertades del que disfrutaban los libios ha sido prácticamente inexistente. Pero esto nunca pareció ser un condicionante a la hora de reestablecer relaciones comerciales y diplomáticas con Libia. 

Sí es cierto que el modelo de democracia directa en Libia (o yamahiriyya) supuso una importante innovación en el universo político árabe, y era lógico que, tanto los demás países árabes, como por supuesto los occidentales, se negaran a aceptarlo como una vía de representación posible. No obstante, esta democracia directa pronto comenzó a deteriorarse, dejando a los ciudadanos la posibilidad de decidir en sólo unos pocos aspectos de la política nacional, los menos relevantes. A esto hay que sumar la arbitrariedad y represión de la que han sido objeto los libios durante más de tres décadas, dejando a la yamahiriyya en una situación muy delicada, que ha terminado de empeorar debido a la durísima represión con la que el Estado libio ha reprimido (y sigue reprimiendo) a sus propios ciudadanos. 

Por otra parte, sería lógico pensar que el propio Gadafi fuera  el culpable del deterioro de una yamahiriyya cuyas funciones ha ocupado de un modo irresponsable, sobre todo a tenor de que debían haber sido las masas del pueblo libio las que dirigieran el país. De este modo, vemos cómo un proyecto con enorme potencial y capacidad de innovación se ve deteriorado por la ineficacia de sus dirigentes y el deseo de éstos de ocupar esferas que no les pertenecen. En el mundo de la izquierda esto comienza a sonar repetitivo. 

Pues bien, desde hace algunas semanas,  la lucha por las libertades  que han iniciado tunecinos y egipcios, y que se ha extendido por todo el arco arabo-persa, parece habernos devuelto a la realidad, mostrando la verdadera cara de unos regímenes con los que hemos realizado lucrativos negocios, y que nos han “defendido” de un islamismo radical y de un terrorismo que ellos mismos promovían con sus políticas represivas e incapaces de proporcionar un nivel de vida aceptable y digno para sus ciudadanos, que por otra parte carecían de medios para mostrar su descontento, o buscar mejores alternativas de gobierno. 

Es más, hemos sido partícipes de tal situación, pues con la finalidad de sentirnos seguros en nuestra burbuja de bienestar, hemos subvencionado esta política represiva, que de paso servía para detener los naturales flujos migratorios que nuestra propia política exterior generaba. 

Y ahora que los pueblos de estos Estados represores se levantan, no somos capaces de hacer más que unas declaraciones de apoyo a los hombres y mujeres que se están jugando la vida en las calles de Trípoli, Manama o Sana’a; o de condena al régimen libio(entre otros), con el que, de momento, no hemos dejado de comerciar, sólo hemos cesado la extracción de petróleo debido a los incidentes o revueltas, que son las maneras que tienen nuestros políticos de definir lo que cada día se muestra más como una guerra civil. 

Pues bien, puesto que las manos que dirigen los Estado de la Unión parecen no querer hacer nada al respecto, sólo queda esperar que el Parlamento Europeo y el Consejo, sin vínculos comerciales, a la vez que con ciertas obligaciones morales, sean capaces de articular una respuesta adecuada a esta situación, forzando en la medida de lo posible la salida de estos dirigentes del poder (no me refiero sólo a Gadafi), y su procesamiento por crímenes contra la humanidad, aunque opino que esto último pueda convertirse un brindis al Sol. Y más si atendemos a los cotidianos delitos contra la legalidad internacional o los DDHH que cometen los dirigentes occidentales. Pero los tribunales internacionales están en sus manos, no corren peligro, algo que no ocurre en el caso de Gadafi, cuyo petróleo resulta cada día más atractivo. Y es que no hay nada más inmoral e interesado que las Relaciones Internacionales. ¿Alguien tiene un remedio contra tanto cinismo? 

                                                                                                                         by  Marcel

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