Odiar es amar no amar

Odiar es amar no amar. Esta es una de las pocas cosas que aprendí en la universidad pero desde luego es de las mejores que he aprendido en mi vida. Y es una de las conclusiones a las que puede llegar uno cuando asiste como hipotecado ciudadano a las reacciones que están teniendo los diferentes líderes políticos ante la presentación de los estatutos del nuevo partido de la izquierda abertzale Sortu. Durante años hemos sido espectadores de las soflamas españolistas exigiendo comportamientos determinados a fuerzas políticas que representaban la punta de lanza del problema endogámico que mantiene en coma político al Estado Español, o sea, el problema de los nacionalismos periféricos.

Durante siglos este “asuntillo” fue gestionado desde Madrid de una manera hipócrita y, como si se tratara del hijo tonto del que avergonzarse, se le ha intentado presentar de diferentes maneras ante el mundo: regionalismos, nacionalidades, autonomías, peculiaridades… o directamente se le encerró en el granero para que nadie lo siguiese viendo. Pero ahí estaba.

Ahora tras varios años en los que un sector muy importante de la sociedad vasca (en el fondo debiera dar igual que se tratase de cien que de cien mil), como decía, ahora la izquierda abertzale da un golpe de timón y sorprende a todos, incluso a aquellos más dispuestos a escuchar en un contexto como el que se daba hasta hace dos meses, no solo acatando sino llevando al extremo los postulados que les exigía la antidemocrática Ley de Partidos políticos y expresando en sus estatutos un rechazo a la violencia de ETA, después de años de debates internos y apostando de manera irrevocable por las vías políticas como estrategia para la consecución de sus postulados autodeterministas e independentistas. Con lo que han  conseguido desmontar de una tacada todo el argumentario del PP y del PSOE que se las prometían muy felices con esa ley fabricada a su medida y que les obliga a reestructurar todo su discurso, ya que desde el momento en que se presentaron dichos estatutos se están retratando y su máscara de cera de apariencia democrática se derrite cada vez más rápido ante el calor que genera este cambio en la estrategia política de la izquierda abertzale.

Resulta grotesco ver cómo Rugalcaba, López, Ares o el mismísimo Zapatero se apresuran en pedir prudencia y en ir poniendo paños calientes a lo que tendrán que ir haciendo en los próximos meses, es decir, reelaborar el discurso para poder encajar en su puzzle ideológico una pieza que les viene demasiado grande y que nunca  han sabido encajar, de ahí que intentasen directamente no ponerla.

Y resulta atemorizante ver cómo Mayor Oreja, Rajoy, Aguirre, Cospedal… han comenzado una campaña de ataques no solo contra Sortu sino contra el propio Gobierno español, al que le exigen que impida que se presente el nuevo partido a las elecciones. Algo que nos lleva a plantearnos las siguientes cuestiones: ¿la ilegalización no la deciden los jueces? ¿Si el Tribunal Supremo y el Constitucional dan el visto bueno a un partido que recoge en sus estatutos no solo lo dictado en la ley sino su propia jurisprudencia, no es eso democrático? ¿No tiene todo el mundo derecho a la reinserción y no ser condenado o sancionado por acciones u omisiones que en el momento de producirse no constituyan delito según la legislación vigente (art.25 CE)?

Estas son solo tres de las muchas preguntas que nos podemos plantear ante la reacción de los partidos mayoritarios que a través de esa Ley de Partidos, aplicada solo a la izquierda abertzale, (¿Qué pasa con los partidos de extrema derecha o el mismo PP que no condenan el franquismo y sus aberraciones?), han conseguido el gobierno en Navarra y Euskadi, así como el múltiples entidades locales.

Es triste ver, escuchar como aquellos a los que se les llena la boca con la palabra democracia se afanan ahora en poner nuevas reglas al juego que ellos inventaron exigiendo cuarentenas, arrepentimientos (¿estamos en un confesionario?), condenas y cualquier novedad que se les vaya ocurriendo porque les encanta tener como enemigos a  aquellos que ya han dejado de existir pues sin aquellos, su propia existencia carece de sentido. Les apasiona volcar la ira, el rencor, la sed de venganza en alguien que tanto rédito les ha dado. Son como el maltratador que se pasa la vida hostiando y exigiendo la cena en punto y que cuando se encuentra con que sus exigencias se cumplen tiene que buscar otras rápidamente porque pierde sentido su violencia. Aman no amar.

MAX BJÖRK

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