Odiar es amar no amar (IV)

Jueves, 24 de marzo de 2011

En fin, que cuando no hay voluntad, no la hay. Y tras el autor del Tribunal Supremo, que ha día de hoy no se he hecho público, pero sí se ha filtrado lo sustancial del mismo (http://www.elpais.com/articulo/espana/Supremo/ilegaliza/Sortu/considerarlo/sucesor/Batasuna/elpepuesp/20110323elpepunac_33/Tes) , podemos constatar que este país no está preparado para dar el paso hacia delante que supone el reto que la izquierda abertzale ha puesto sobre la mesa.

Parece que la patata está demasiado caliente, y aunque se dice que habrá tres votos particulares (algo inédito en esta materia en la Sala del 61), es preferible dejarla pasar al Constitucional para que frene la legalización hasta después de las elecciones. Porque al final se le legalizará, lo que pasa es que ya han decidido extra lex que hace falta un tiempo de penitencia, y ese tiempo será esta legislatura.

Pero dará igual, o casi, porque pasará el tiempo, y al final la izquierda abertzale entrará otra vez en el terreno de juego político y ya no habrá excusas.

Lo cierto es que me a pena ver cómo se desperdician oportunidades, cómo ante los verdaderos retos la clase dirigente en su máxima expresión (gobierno, políticos, jueces…) demuestran ser unos cobardes que no están a la altura de las circunstancias.

Se desgañitan todos los días hablando de España, de patriotismo, de amor al país, pero cuando hace falta llevar a cabo gestos reales son incapaces. ¿Qué mayor gesto de patriotismo para aquellos que se reclaman como tales que terminar con un problema que dura ya demasiadas décadas? Pero no, para ellos el patriotismo empieza y acaba en los puestos que pueden ocupar, en la rimbombancia de sus cargos, en el sonido del dinero en sus cuentas bancarias, en la cuota de poder corporativo y personal que pueden alcanzar.

Ahora es el turno del Constitucional, un tribunal que en los últimos años se ha caracterizado entre otras cosas por su poca objetividad, por su politización, por ser el gran freno a cualquier pretensión de introducir un cambio en el modelo, por ser la gran excusa. Se ha arrogado no el papel de intérprete de la Constitución, sino el de ser la propia Constitución, llegando incluso a ser tachado de legislador negativo, al señalar en sus sentencias no sólo lo que se opone a la Constitución, sino lo que debería venir reflejado en la Ley. Ya veremos qué pasa también con estos.

Es triste pero aman no amar.

MAX BJÖRK

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